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El cine actual: "La Batalla de Chile"
Por Pauline Kael
Publicado en The New Yorker, 23 de enero de 1978.

Rara vez llegan llegan grandes peliculas tan poco conocidas como "La Batalla de Chile", documental de dos partes y de una duración de tres horas y 10 minutos sobre los acontecimientos que condujeron a la caída de Allende.

Esta película no se presenta a sí misma con arrogancia e incluso se toma un tiempo para ponerse en marcha. Parte en marzo de 1973 con periodistas preguntándole a la gente cómo votarán en las próximas elecciones parlamentarias, que equivalen a un plebiscito para el gobierno de Allende. La elección tiene lugar después que Allende ha estado más de dos años en el poder, tratando de reorganizar la sociedad y moverla hacia el socialismo dentro del marco de un gobierno democrático. Su coalición, la Unidad Popular, llegó al poder con solo un tercio del voto popular, por lo que ha estado sobre un terreno inestable. Sus esfuerzos de nacionalizar ciertas industrias han provocado contradicciones desde la banca hasta el empresariado y los intereses extranjeros (especialmente de Estados Unidos). Mientras, Chile comienza a sufrir privaciones.

Las entrevistas nos muestran el choque de los puntos de vista en el país y la seguridad de cada uno de los grupos en conflicto, pero no tenemos suficiente información de respaldo para ordenar el material y tendemos a interesarnos en términos humanos, disfrutando de las caras, siendo sorprendidos por la desvergonzada elocuencia de los chilenos. Los micrófonos son empujados hacia ellos y hablan; esto ocurre por un largo tiempo, y parece que solo estamos recibiendo la perspectiva de un espectador de la historia. A través de la elección en la que Allende aumentó levemente su apoyo (43.4% de los votos), en donde la oposición también lo hizo (54.6%), tenemos como resultado un estancamiento constante, es la sensación de las limitaciones del periodismo gráfico cuando comienza a analizar lo que está pasando. Además de las entrevistas a los transeúntes, la película sólo nos entrega actos públicos -los discursos, las violentas confrontaciones, las turbas y los mítines, los desfiles con trabajadores coreando sucias y divertidas rimas- y nada de su funcionamiento interno. Esos hechos son suministrados por un narrador en inglés (una mujer) quien traduce para nosotros. Ella es concisa exactamente en el sentido errado. Necesitamos identificar y entender las posiciones de cada grupo. Durante la huelga de los mineros del nacionalizado cobre nos dice que los trabajadores menos políticamente sofisticados fueron engañados por los fascistas, mientras que "los con mayor conocimiento político continúan en el trabajo". Podría haber bastante de verdad aquí, pero este tipo de cosas pueden enloquecernos. Nos da una estricto reporte ideológico -casi una parodia marxista-, en la que todo lo que pasa es resultado de los imperialistas y la estrategia empresarial.

No hay ninguna indicación sobre la conducción de Allende, sin embargo, sus partidarios hablan de términos como la “conciencia obrera” y otras formulaciones que nos hacen preguntarnos de dónde proviene todo ese adoctrinamiento. Cuando finaliza la huelga de los mineros contra el gobierno (el narrador nos dice que se desmoronó), Allende moviliza a las masas a una gran manifestación y llama a “saltar si no eres fascista” y medio millón de personas saltan. Es una imagen asombrosa. Pero, oh, para un narrador con la mente más abierta. Se nos dice que los últimos huelguistas “han tomado refugio en la Universidad Católica”. ¿De quienes se están refugiando -de ese papa benevolente que ruega por un gesto de apoyo? De acuerdo con la película, cualquier oposición a Allende es corrupta -como si no fuera concebible una buena razón para oponersele. Claramente, Allende, quien no tiene el control de la mayor parte del Ejército, está cercado. El sistema de transporte público está desintegrándose: Chile no puede conseguir piezas de repuesto por el embargo norteamericano. Desde las grandes manifestaciones a través de la violencia callejera que continúa, la Parte I (“La insurrección de la burguesía”) está terrorificamente bien hecha. Concluye con imágenes de noticiarios de un camarógrafo argentino fotografiando las escaramuzas en la calle. Un militar de manera lenta apunta directo a nosotros y mata al camarógrafo y la imagen gira hacia el cielo. Es la forma de introducción del narrador para decir que el militar “es la cara del fascismo”, esta es la voz de la ideología, del disminuido.

La Parte II (“El Golpe de Estado”) se inicia en el verano con la insurrección de la derecha contra el gobierno: tropas rebeldes del Ejército toman el control del centro de Santiago y disparan al palacio presidencial, pero este intento de golpe termina en unas pocas horas. Ahora el documental tiene una pregunta central: ¿puede una sociedad transitar pacíficamente a través del derecho constitucional hacia el socialismo? El Marxismo argumenta que la violencia nunca viene de la revolución, sino de la contra-revolución, y que los trabajadores tienen que estar preparados para defender la revolución por medios violentos. Y Chile sirve como ejemplo. Pareciera que no hay ninguna forma que Allende constituya legalmente un gobierno revolucionario para llegar al socialismo dentro de un marco legal y democrático. No puede defenderse a sí mismo contra lo movimientos empresariales  contra-revolucionarios a menos que suspenda las garantías constitucionales, forme milicias populares, y ponga a la oposición en la cárcel. (¿Podría Allende hacer eso sin precipitar inmediatamente un golpe de estado de parte de la derecha? Quizás no, pero aquí la visión es que era su única posibilidad). La película salta de un grupo a otro, desde reuniones en el Congreso chileno hasta atentados callejeros como demostraciones de las discusiones de los obreras. Muestra estos diferentes elementos en una situación explosiva aclarando que esta es la fase marxista en las cuales las contradicciones del capitalismo han cobrado vida. En una reunión sindical, los rostros muestran compromiso e intensidad, pero están divididos, compiten la izquierda que apoya el gobierno y los trabajadores que están preocupados por la legalidad. Mientras tanto, Allende está desesperado por mantener las riendas y lucha por conseguir el apoyo que necesita, pero falla. Vemos ya las grietas abiertas del país. El funcionamiento interno es ahora público y puede ser fotografiado. Allende pide al Congreso declarar la ley marcial -la cual le daría el poder de nombrar al personal militar. Esta es su única oportunidad de prevenir otro intento de golpe de Estado. Su petición es rechazada y ese  mismo día las tropas ingresan a las fábricas buscando armas. La violencia escala mientras quienes apoyan a Allende discuten si deberían estar armados o no, y paso a paso, el gobierno es derrocado.

Este documental y su transversal visión sobre el colapso de un gobierno ciertamente no tiene precedentes. Pareciera que todos en el país saben que el golpe de Estado es inminente y hablan libre y coherentemente al respecto. Nadie se mantiene apático, ni siquiera las mujeres de clase media, quienes vigorosamente explican cuanto detestan al socialismo. ¿Ha habido alguna vez una sociedad más articulada? Ahora entendemos todo el trabajo preliminar: todos saben que es solo cosa de tiempo, aun quienes tienen más que perder no pueden reunirse lo suficiente como para hacer algo. El edecán de Allende, capitán Araya, es asesinado y durante el funeral la cámara se mueve lentamente, realizando acercamientos, escaneando a todos los altos mandos que están presentes. El general Pinochet está entre ellos y  el grupo parece un grupo de esculturas. El jefe militar chileno se muestra formal y en completa calma durante todo el tiempo. Vemos estas cabezas bien peinadas con sus sombreros y uniformes y este funeral es el funeral de una sociedad. Es como un clásico pasaje de Tolstoy. Conocemos este fresco, un monumento al pasado, no hay esperanza para el socialismo en Chile. En julio, los dueños de camiones, incitados por la CIA, inician un largo paro, el cual paraliza la distribución de alimentos, bencina y petróleo y ahí está el llamado a Allende a renunciar. Pero él, en lugar de hacer eso, llama a una manifestación en la que participan 800 mil personas. Ellos están desarmados. El 11 de septiembre la Marina en alianza con Estados Unidos inicia los movimientos para el golpe de Estado y la Fuerza Aérea bombardea la radio estatal. Oímos a Allende decir que no dimitirá. El palacio de gobierno es atacado desde el aire. Y nosotros vemos a los jefes de la junta militar en la televisión, presentándose a sí mismos como el nuevo gobierno. Anuncian que devolverán al país en orden, después de tres años del cáncer marxista.

¿Cómo pudo este equipo de 5 personas, algunos sin experiencia en cine, trabajar con equipos limitados (una cámara Eclair, un grabador de sonido Nagra y dos vehículos) y un paquete de cintas en blanco y negro que les envió el documentalista francés Chris Marker, producir un trabajo de esta magnitud? La respuesta debe estar parcialmente en la disciplina marxista. El joven director Patricio Guzmán y sus socios (todos chilenos excepto un español) tiene claro su objetivo. Ellos se consideran a sí mismos un colectivo y su trabajo es el análisis político. Las 20 horas de material de archivo tuvieron que ser sacados del país como contrabando: cuatro de los cineastas pasaron algún tiempo en prisión y del camarógrafo, Jorge Müller, no se ha sabido desde su encarcelamiento. El resto huye separadamente, se  reúnen en Cuba y junto con el reconocido editor chileno Pedro Chaskel y la ayuda de consejeros cubanos trabajan en el documental. (La tercera parte planeada debe ser completada). Está la habilidad técnica para dar cuenta -tanto la calidad del sonido como del trabajo de cámara es discreta y, sobre todo, la edición es tan suave y falta de empatía que nunca alcanza a llamar la atención en sí misma. Chaskel tiene un inmensamente sutil nueva técnica de fluidez, la parte II tiene el efecto de una gran y continua toma.  En él se nota la influencia del neorrealismo italiano, pero sus otras influencias no son fáciles de ubicar -quizás los rusos, a través de los cuales toma la emoción sin utilizar cortes abruptos, ligando todo.

Patricio Guzmán por supuesto es la fuerza organizadora detrás de todo esta producción y es su inteligencia la que controla todo. Ha dicho, en una entrevista con Julianne Burton (en la revista Socialist Revolution), que durante las luchas callejeras podía anticipar lo que estaba pasando y se mantenía cerca del camarógrafo diciéndole qué movimientos hacer y cuándo. Es decir, estaba en sintonía con las posibilidades que la situación ofrecía, casi como si estuviera dirigiendo la acción: podía usar métodos del cine de ficción que habia aprendido en  la Escuela de Cine Madrid a fines de los 60. Pero si la imaginación aquí es de Guzmán, también es suya la forma en que lo atornilló en el material. Las imágenes son espectaculares y las tomas tienen una sensibilidad risibles ante la rigidez del narrador, que es un método de enseñanza, que empapa la película completa pues está estructurada bajo el mismo tipo de análisis. Cuando oímos a un joven de izquierda urgir a sus camaradas para armarse el verano de 1973, no podemos evitar preguntarnos si él está vivo -o medio vivo-, pero Guzmán no responde especulaciones poéticas. No está para tonterías, él busca un acercamiento revolucionario: está grabando un proceso político descrito por Lenin o Marx. Eso es lo que él y su selecto grupo están filmando: trabajando desde un esquema. En “La Batalla de Chile”, Estados Unidos funciona como el enemigo imperialista que provee la necesidad de armarse a los revolucionarios y encerrar a los potenciales enemigos. Chile se establece como un ejemplo del fracaso del modelo.

Guzmán y sus socios han optado por un enfoque decididamente no estético, sin embargo, con sus sensibilidades artísticas y gran gusto, “La Batalla de Chile” es igualmente una elegía. Para nosotros es una elegía acusatoria. Estéticamente, esta es una gran película y que sienta patrones a seguir. Podemos ser más escépticos que los cineastas respecto del rol de la CIA como autor intelectual del golpe, pero demasiado hechos parecen coincidir con su dogmática visión marxista de la función de Estados Unidos en Chile. Nuestros propios periódicos nos han corroborado la evidencia. ¿Pero qué más estaba pasando? ¿Qué busca Estados Unidos con esta ofensiva? Y cuando el narrador nos dice que el canal de televisión más poderoso de Chile fue fundado por la Fundación Ford, nos preguntamos qué hay detrás. Para “La Batalla de Chile” no es suficiente estar durante unos fines de semana en los foros de cine. Necesita ser visto en la televisión pública, para que los funcionarios de gobierno, que formaron nuestra política hacia Allende, expliquen qué tipo de interés fomentaron esto. Necesitamos discutir sobre la actuación de Estados Unidos, incluso si para ello necesitamos conseguir el patrocinio público de Mobil, Exxon o ITT.

Articulo publicado originalmente en
The New Yorker, 23 de enero de 1978.
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11 de agosto de 1941
Santiago, Chile
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Revista APSI, n° 179, 19 Mayo-1 Junio 1986, p. 49-51.
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